Todo comenzó allá por 1982, cuando una madre llevó al cine a su hijo de 6 años por primera vez. En uno de aquellos cines de antes, de pantalla enorme, se proyectaba E.T., y, desde aquel día, aquel niño descubrió una indescriptible necesidad por repetir la experiencia, una y otra vez...

martes, 19 de enero de 2016

House of Cards (temporadas 1 y 2)



Se pueden decir muchas cosas buenas de House of Cards. Es evidente que cuando una de estas nuevas plataformas de visionado invierten dinero en producciones propias, un mínimo de calidad está asegurado, ya que al público suscriptor no se le puede abastecer con medianías. Pero también hay que destacar el hecho de que no estamos ante una serie de pretensiones mayoritarias, sino ante un drama de intriga política, y eso es algo que el espectador medio no siempre busca. Pero, más allá de esas consideraciones, creo que ésta es una serie que podría ganarse a un público más amplio, gracias a una serie de ingredientes inteligentemente colocados…
 

 

Antes de empezar a hablar de referencias y precedentes (El Ala Oeste ha de ser citada obligatoriamente), querría destacar el motivo por el que me encanta House os Cards: todos los personajes son malos. A mi, como a tantos otros espectadores de cine y series, me chiflan los villanos, y aquí tenemos una galería inabarcable de malotes, desde los más bajos niveles de la Administración hasta el propio inquilino del Despacho Oval. Todos ellos se mueven en tramas típicas del contexto: la lucha por el poder, el tráfico de influencias, la importancia de los medios de comunicación…política, en definitiva.
 

En estas dos primeras temporadas hemos asistido al ascenso imparable de un personaje que ya es historia de la televisión. El Frank Underwood encarnado por Kevin Spacey probablemente termine trascendiendo más que el Josiah Bartlett interpretado por Martin Sheen en El Ala Oeste. El motivo tiene que ver con lo que antes citaba. Si Bartlett era un personaje intachable, casi un Atticus Finch de la política, el amigo Frank es el diablo, un indeseable a la altura de otros psicópatas a los que antes había puesto cara Spacey en el cine.

Las diferencias con aquella maravilla creada por Aaron Sorkin van mucho más allá, puesto que, no lo olvidemos, hay en los creadores de House of Cards una intención mucho más evidente, la de querer enganchar mediante la inclusión de elementos capaces de atraer a un espectro más amplio de audiencia. Si El Ala Oeste buscaba la verosimilitud en la acción, adoptando en ocasiones un tono casi documental, como si las cámaras se hubiesen colado de verdad en los pasillos y despachos de la Casa Blanca, House of Cards apuesta por el thriller y por la apología de la maldad, haciendo que nuestro protagonista cometa actos de difícil credibilidad en alguien con su estatus.
 

Y puede que ahí resida la clave del éxito. Se sacrifica verosimilitud para componer un malo legendario, un sádico cuyos niveles de podredumbre moral jamás ha alcanzado ni alcanzará ningún inquilino real del sillón presidencial en el país más poderoso del mundo.

La calidad está en los nombres, por supuesto. Kevin Spacey es el motor, pero no hay que olvidar que detrás de las cámaras se han puesto tipos tan competentes como David Fincher, James Foley e incluso mujeres como Jodie Foster y la propia Robin Wright, a quien cuesta verla en un personaje así tras esa imagen imperecedera de La Princesa Prometida.

Porque, como decía antes, todos son malos. House of Cards es una orgía de maldad, que no permite ni una concesión. Ese exceso puede pasarle factura, ya que un poco de buenismo nunca viene mal para compensar. Pero yo, al menos, la estoy disfrutando mucho así.

Sólo le pongo un pero, y es ese recurso que a mi me chirría de ver al protagonista dirigirse a la cámara para hablar con el espectador. De hecho, en el primer capítulo de la segunda temporada creí que se había abandonado, pero al final del episodio se reveló que sólo era un engaño, y que ese pedazo de cabrón llamado Frank Underwood seguía vigilándome.
 

Me encanta House of Cards, y espero seguir disfrutando con esta colección de malas personas. Eso sí, echaré mucho de menos a Kate Mara.

Os lo contaré…

 


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