Todo comenzó allá por 1982, cuando una madre llevó al cine a su hijo de 6 años por primera vez. En uno de aquellos cines de antes, de pantalla enorme, se proyectaba E.T., y, desde aquel día, aquel niño descubrió una indescriptible necesidad por repetir la experiencia, una y otra vez...

jueves, 19 de mayo de 2011

Nostalgia (cinematográfica) prolongada


No ocurre con frecuencia, pero de cuando en vez me da por divagar...No porque no haya pelis sobre las que comentar algo (de hecho tengo pendientes varias entradas de pelis de cartelera), sino, simplemente, porque me apetece. El cine está tan incrustado en mi ADN que cuando no veo películas pienso sobre cine, y en ocasiones quiero trasladar al blog esos pensamientos. Pues hoy es uno de esos días, de reflexiones inocuas, personalísimas y puede hasta algo ñoñas. Pero, qué coño, es mi blog...

Doy por supuesto que soy un bicho raro. Ya no tanto por lo mucho que me gusta esto del cine, sino por lo que me inocua en el subconsciente. Por lo primero habrá, lógicamente, quien piense que un tipo que va al cine dos o tres veces por semana y se traga decenas de pelis al mes en formato doméstico es un absoluto chiflado. Pero de esos hay unos cuantos, pocos, pero los hay, que los solitarios cinéfilos que van entre semana nos detectamos sin dudarlo. Otra cosa es lo que se pueda pensar acerca de alguien que asuma, en momentos oníricos y en otros que no lo son tanto, que todo lo que sucede en determinados momentos y lugares y que ha sido visto en una pantalla, ha ocurrido, ocurre u ocurrirá en la realidad. Puede parecer un lío, pero no lo es.

Es que creo que algo ocurrió hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Creo que hubo, no sé hace cuantos siglos, una Tierra Media asolada por un tirano con forma de ojo. Y, desde luego, toda una revolución aconteció en tiempos de la Segunda Guerra Mundial en un curioso local de Casablanca, regentado por uno de esos tipos duros más habituales, eso sí, en el cine que en la realidad...Son muchas las historias maravillosas que son reales porque el cine las hizo así. Creo en una divinidad que inocula una idea fantástica en la mente de un guionista para que éste la convierta en peli junto a un audaz cineasta. Por seguir, no tengo dudas sobre todo lo que le pasó al bueno de Roger O. Thornill cuando le confundieron en Nueva York con un tal George Kaplan. Ocurrió, eso ocurrió...

Y ahora a ver quién es el comprensivo amigo que niega mi locura. Soy consciente de todas esas realidades permanentemente. Pero mucho más cuando, en ocasiones, me voy a la cama, o, mejor, cuando ya estoy en ella y caigo en una especie de limbo que precede al sueño mismo. Es entonces cuando soy un secundario en todas esas historias de cine y realidad. Es entonces cuando soy un anónimo habitante de Alderaan, o un humilde hobbitt, o el tipo que se toma un whisky en el Café Rick. Y no un whisky, pero sí un café me estoy tomando en Nueva York cuando veo que llaman por teléfono al tal Kaplan. Yo estoy ahí. Y lo vivo, lo contemplo.

Pero, ojo, que no todo ha ocurrido. Quiero decir que sólo las buenísimas historias cinematográficas son reales, lo que puede equivaler a decir que sólo las buenísimas historias reales son cinematográficas. Para entendernos, no ha existido un grupo de intrépidos astronautas que nos han librado de la destrucción del Planeta a causa de un meteorito feroz, ni esos robots transformables en coches que se han podido ver el los cines en los últimos años. Resumiendo, que Michael Bay es malo como la peste aunque de vez en cuando nos lo haga pasar bien, y aunque intentase fusionar los dos mundos adaptando la historia real de Pearl Harbor.

Que no, que sólo ocurren en la realidad las historias cinematográficas escogidas, las fetén. Hubo un día, de hecho, en el que mientras paseaba en una noche veraniega divisé una silueta en la Luna que parecía una bici voladora...Por no hablar de la fascinación que sentí por el baile que se marcó un tipo a unos metros de mi en plena calle, en un día lluvioso pero feliz...Aún recuerdo la incredulidad del poli que estaba por allí cuando el tío le entregó el paraguas al terminar su numerito...Qué recuerdos.

No entiendo las razones que expliquen por qué me pasa esto. Y prefiero no entenderlas. Simplemente, prefiero que me siga pasando. Al fin y al cabo, no es nada malo. Es sólo un estado de plenitud vital que me permite conocer a gente maravillosa, con la que comparto momentos inolvidables. Yo me lo tomo como lo que creo, sinceramente, que es: un don, una virtud parecida a la ubicuidad, que me lleva a sitios y lugares, a múltiples personalidades que confluyen en lo que soy: alguien que ama el cine por encima de muchas cosas, alguien para el que esta maravillosa forma de contar historias es muchísimo más que una actividad de ocio.

Soy un loco. Un loco del cine.

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